Archive for 30 agosto 2010

Gracias a todas

30 agosto 2010

Gracias a todas las mamás que han compartido conmigo y con el grupo de lactancia, sus tardes de miércoles de este caluroso verano.

Gracias por vuestra generosidad al compartir vuestras historias, ayudando con ellas y con vuestro apoyo a otras mamás.

Gracias por permitirme vivir con vosotras este verano, en el que he aprendido cada miércoles un poco más de la fuerza que nace de las mamás.

Gracias a las asesoras de lactancia, que se formaron junto a mi esta primavera,  que han apoyado el proyecto de este primer verano de tardes de lactancia en el Parque y que han compartido esta experiencia conmigo, en especial a Ana.

Gracias Mª José, por asesorarme y animarme a iniciar esta aventura.

Gracias a todas, por enseñarme la fuerza innegable de las mujeres, de las madres, por vuestro tiempo, vuestra confianza y las energías renovadas que me he llevado después de todos los encuentros.

(Seguiremos las reuniones los miércoles a las 6 en el parque del Palau Falguera, hasta que el grupo “oficial” tenga asignado su espacio. Si empeora el tiempo nos reuniremos en el bar de “la Unió Coral” passeig Bertrand amb c/ Pi i Maragall)

Truby King y el movimiento Mothercraft ( Culpabilidad I)

29 agosto 2010

Vereis, tengo la manía de ir al principio, y estos días me preguntaba donde estaba el principio de la culpabilidad que sienten muchas madres,  cuándo empezaron esas frases en las que el niño era un maligno, quién tuvo la osadía de decir que dejar llorar a un bebé era bueno para sus pulmones (al poco de nacer mi hijo, una amiga me lo decía, no me cabe duda que con toda la buena intención del mundo pero …).

Lo natural para con los bebés es el amor, todo lo que se aleje de eso viene impuesto por ?¿? por médicos, psicólogos…. ¿cómo es que las tribus más antiguas tienen niños que apenas conocen el llanto? (de eso hablamos en el próximo post)

Me temo que aqui empezó a mermar la confianza de las madres.

Este texto está sacado del libro ” No llores más” de Sheila Kitzinger.

“Las reglas estrictas y la disciplina rigurosa fueron introducidas por el sistema Truby King de crianza infantil. Yo me inicié en la vida como un bebé Truby King. Me pusieron en una habitación toda blanca lejos de mi madre, me daban de comer basándose en una fórmula científica especial con horarios estrictos, me pesaban antes y después de las comidas y no me mecían ni me cogían en brazos para darme palmaditas si estaba sobreestimulada. El Dr. Truby King, nun neozelandés cuyo sistema de alimentacion infantil se basaba en un programa de crianza que él mismo había desarrollado para terneros, denunciaba que una manipulación innecesaria le producía al bebé indigestión y transtornos nerviosos en su vida furuta. Me quedaba sola en la cuna y le gritaba con todas mis fuerzas, al parecer durante horas, a mi desesperada madre. Al cabo de unas semanas se dio por vencida, se dejó guiar por sus sentimientos, y yo renací.

Frederick Truby King hacía giras para dar conferencias por todo el mundo occidental en la década de los años veitne. Enseñaba que no se debía confiar en las madres. Que eran blandas y tontas. Les ordenaba reprimir sus emociones y ser autodisciplinadas para criar a sus hijos. No se podía coger al bebe para abrazarlo ni mecerlo, y se debia establecer una rutina rígida para darle de comer, para ponerlo a dormir y a hacer ejercicio. Advertía que si no se seguían sus principios, los niños crecerían para convertirse en criminales o psicópatas.

Truby King les decía a las mujeres que lo que habían hecho durante siglos – dar de comer al bebé cuantas veces quisiera, consolarlo cuando lloraba y mimarlo por la noche en la cama- era terriblemente dañino. Advertía que despertar al bebé para darle de comer a cualquier hora entre la media noche y el amanecer era antinatural. Decía que cualquier bebé puede malcriarse con facilidad y convertirse en un pequeño tirano malhumorado e irritable. Una parte importante de su doctrina consistía en creer que darle al bebé cualquier cosa que él quisiera era establecer las bases para un carácter criminal.

Un tipo de comportamiento maternal que denunciaba con firmeza en su libro The Natural Feeding of Infants (1912) era la excesiva manipulación o estimulación de los bebés. “Muchas mujeres, inconscientemente o casi de forma mecánica, palmean al bebé para aliviarlo cada vez que se siente incómodo o irritale y de esta manera pueden provocar sibrepticiamente una grave indigestión (¿?¿) acompañada de incapacidad para retener una cantidad suficiente de comida (?¿??)” Las madres podrían hacer que sus bebés sintieran hambre sin darse cuenta o incluso matar a sus bebés con su amor incontrolado.

Se basaba en la suposición de que, si se quería evitar hacer un daño irreparable a los hijos, las madres requerían de psicólogos, doctores, enfermeras, especialistas en lactancia y expertos como él para decirles lo que debían hacer exactamente.

Muchos de los consejos que aún hoy en día reciben las madres primerizas con frecuencia – cría cuervos…, demuestrale al bebé quién es el que manda, déjalo llorar hasta que se canse, es por su propio bien, sólo llora para llamar la atención- han surgido de la convicción de este médico de que los bebés humanos deben ser tratados como si fueran terneros.

Las mujeres nunca lo podían hacer bien. Era imposible seguir las reglas al pie de la letra. Estaban destinadas a sentirse culpables de ser malas madres. La enseñanza conductista y los métodos de Truby King hacían de la maternidad un sufrimiento.

A principios de la década de los cuarenta, un aluvión de libros con consejos para bebés indundó el mercado. Afirmaban que se podía criar a un niño superior si se seguóian las instrucciones del autor. “El bebé debe ser educado para domrir y se le debe enseñar a nollorar. Al nacer en una organización social donde el sueño nocturno es universal, debe ser entrenado para poder dormir toda la noche sin interrupciones”

Todo bebé debía dormir unas 19 horas por día, en la cuna solo, inmediatamente después de haberlo alimentado a las seis. “Si se despierta se le debe dejar llorar hasta que se canse, siempre que se encuentre bien”. Otro experto en bebés que aconsejaba que había que darles de comer con horarios, decía que un bebé de menos de tres años debe dormir todo el tiempo salvo cuando se le alimenta y se le atiende. Cada hora de vigilia es a expensas del delicado sistema nervioso.

Los autores diseñaban tablas con la cantidad de horas que un bebé debía dormir.

No obstante, había cierto desacuerdo entre los expertos. Mientras que la señora Frankenburg enseñaba a las madres que los pulmones de los bebés no podían desarrollarse a menos que lloraban todos los días y que corrían el riesgo de que el bebé muriera de neumonía si no lloraba. Marie Stopes se escandalizaa al enterarse de que una enfermera despertaba al bebé con regularidad y lo atormentaba media hora por día para hacerlo llorar, porque “llorar era bueno para él”.

En la década de los 50 una experta estableció que los recién nacidos debían dormir 24 horas del día. Seguramente se habrán daddo cuenta de que esto no tiene sentido. “

Amamantar en Mongolia

25 agosto 2010
Os pongo este precioso relato de cómo se vive la lactancia en Mongolia, cómo lo vivió una canadiense, y cómo me gustaria (nos gustaria) que fuera aqui, en Occidente.
Este texto fue puesto en circulación en facebook por Jesusa Ricoy y poco tiempo después traducido maravillosamente por Ana Isabel Chinchilla, espero que lo disfruteis tanto como yo .
Amamantar en Mongolia

Autora: Ruth Kamnitzer
Tomado de: Peaceful Parenting
Traducción al castellano: Ana Isabel Chinchilla

Hay en Mongolia un dicho muy utilizado que afirma que los mejores boxeadores toman leche materna durante al menos seis años, afirmación muy seria para un país en el que el boxeo es el deporte nacional. Me trasladé a Mongolia cuando mi primer hijo tenía cuatro meses y viví allí hasta que cumplió tres años.

Criar a mi hijo en aquellos primeros años en un lugar donde la actitud hacia la lactancia materna es tan radicalmente diferente de las costumbres que prevalecen en Norteamérica me abrió los ojos a una visión completamente diferente de cómo podría ser todo. Los mongoles no solamente prolongan la lactancia materna, sino que además lo hacen con más entusiasmo y menos inhibiciones que casi nadie de quienes había conocido hasta entonces. En Mongolia, la leche materna no es sólo para bebés; no se trata sólo de nutrición y definitivamente no es un tema sobre el que se imponga la discreción. Es la madera de la que estaba hecho Genghis Khan.

Al igual que muchas madres primerizas, no había pensado demasiado sobre la lactancia antes de tener a mi bebé, pero minutos después de que mi hijo Calum saliera, se agarró a la teta y durante los siguientes cuatro años no parecía nada dispuesto a soltarse. Tuve suerte, porque en muchos aspectos la lactancia nos resultó sencilla: ninguna grieta en el pezón, rara vez un pecho ingurgitado. Mentalmente las cosas no eran tan sencillas: a pesar de lo mucho que amaba a mi bebé y disfrutaba del vínculo que nos ofrecía la lactancia, en ocasiones resultaba insoportable. No estaba preparada para la magnitud de mi amor por él ni para la intensidad de su necesidad de mí en exclusiva y de mi leche. “No le permitas que te convierta en un chupete humano”, me advirtió una enfermera canadiense pocos días después del nacimiento de Calum, que mamaba a todas horas, pero yo repasaba todos los posibles motivos de su llanto (¿gases?, ¿pañal? ¿infraestimulación? ¿sobreeestimulación?) y por lo general acababa dándole teta de nuevo. Me preguntaba si hacía bien.

Entonces me trasladé de Canadá a Mongolia, donde mi marido llevaba a cabo unos estudios sobre vida salvaje. Allí los bebés están siempre envueltos en varias capas de gruesas mantas, atados con cuerda como un paquete que no quieres que se rompa en el correo. Cuando un paquete murmura, se le pone un pezón en la boca. No se les cambia muy a menudo y nunca se les hace eructar. No hay ni siquiera una manos en las que poner un sonajero. Por supuesto, no hay ratitos boca abajo. Los niños permanecen envueltos hasta al menos los tres meses, y cada vez que emiten un sonido, se les da de mamar.

Esto resultaba interesante. A los tres meses, los bebés canadienses ya tienen actividades sociales, incluso natación. Algunos aprenden a “calmarse solos”. Yo daba por sentado que había muchos motivos por los que un bebé podía llorar y que era mi trabajo averiguar la razón y darle la solución adecuada. Pero en Mongolia, aunque los bebés puedan llorar por muchos motivos, sólo hay una solución: leche materna. Dejé de darle vueltas e hice lo mismo.

En Canadá la lactancia materna aún está rodeada de cierto misticismo, pero en realidad no estamos demasiado acostumbrados a ella. La lactancia se realiza en casa, en grupos de lactancia, quizá en alguna cafetería: rara vez se ve en público y desde luego nosotros mismos no tenemos recuerdos conscientes de haber sido alimentados con pecho. A esta íntima actividad entre madre e hijo se la trata con secretismo y educadas miradas hacia otro lado, y se considera casi igual que las demostraciones públicas de intimidad en una pareja: no es tabú, pero sí que causan ligera incomodidad y son educadamente ignoradas. Cuando el silencioso y angelical recién nacido se convierte en un niño activo resuelto a comunicar a todo el mundo lo que está haciendo a cada momento, bueno, entonces esos ojos se apartan con mayor rapidez e intensidad, a veces con el ceño fruncido.

En Mongolia, dar el pecho en público, en lugar de relegarme a la sección de “sólo mamás”, me puso decididamente en el centro de atención. Su práctica universal de dar pecho en cualquier momento y lugar, así como la cercanía en la que la mayoría de los mongoles vive, implica que todos están acostumbrados a ver un pecho en acción. Les alegraba ver que hacía las cosas a su manera (que por supuesto era la manera correcta).

Cuando daba pecho en el parque, las abuelas me brindaban sus historias sobre cómo habían alimentado a sus doce hijos. Cuando daba pecho en el asiento trasero de los taxis, los conductores levantaban sus pulgares por el retrovisor y me aseguraban que Calum se convertiría en un gran boxeador. Cuando paseaba por el mercado acunando a mi hijo en mis brazos mientras mamaba, los comerciantes me hacían un sitio en su puestos y le decían al niño que se lo bebiera todo. En lugar de mirar a otro lado, la gente se inclinaba sobre Calum y le besaba la mejilla. Si se soltaba de la teta en respuesta a la atención recibida, dejando mi pecho chorreando y completamente expuesto, no pasaba nada. Nadie se quedaba mirando, nadie apartaba la vista: simplemente se reían y se limpiaban la leche de la nariz.

Desde que Calum tenía cuatro meses hasta los tres años, allá donde fuera, oía una y otra vez lo mismo: “La teta es lo mejor para tu bebé, lo mejor para ti” La aprobación constante me hacía sentir que hacía algo importante que interesaba a todos; exactamente la clase de aprobación pública que *toda* madre reciente necesita.

Para cuando Calum cumplió los dos años, yo ya había descubierto lo útil que podía ser la lactancia materna. Nada hace que un niño se duerma más rápido, alivia el aburrimiento de un largo viaje en coche, o calma una tormenta que se cierne, tan rápidamente como una poca leche calentita de mamá. Es la ayuda más útil para la madre perezosa, y yo creía que le daba todos los usos, pero los mongoles lo llevaban más lejos.

Durante los inviernos mongoles, pasaba muchas tardes en en el yurt de mi amiga Tsetsgee, huyendo del frío glacial de fuera. Fue instructivo comparar nuestras técnicas de crianza. Cuando estallaba una pelea por los juguetes entre nuestros hijos de dos años, mi primera reacción era restablecer la paz distrayendo a Calum con otro juguete al tiempo que le explicaba los principios de compartir las cosas, pero esto llevaba tiempo y una media de éxito de tan sólo un cincuenta por ciento, En el restante cincuenta por ciento de veces, cuando Calum no quería dar su brazo a torcer y su frustración aumentaba hasta el punto de ebullición, lo cogía y le acunaba en brazos para amamantarle.

Tsetsgee tenía una táctica diferente. Al primer murmullo de discordia, se levantaba la camisa y empezaba a menear sus pechos con entusiasmo, diciendo: “¡Ven aquí, cariño, mira lo que tiene mami para ti!” Su hijo apartaba la vista de los juguetes para mirar las dianas de sus pechos y siempre se iba hacia ellos.

¿Media de éxito? Cien por cien.

Para no ser menos, adopté la misma estrategia. Allí estábamos, dos madres agitando los pechos como strippers compitiendo por atraer a un cliente. Si los abuelos estaban por allí, se unían a la representación. Los pobres críos no sabían a dónde mirar: la tranquilizadora plenitud de los pechos de sus madres, los mustios pechos planos de la abuela con su larga experiencia, o el extraño montón de carne que el abuelo se agarraba en su envidia de pechos. Por mucho que lo intente, no puedo imaginarme una escena similar en una reunión de la Liga de la Leche.

En mis clases prenatales en un pequeño pueblo de Canadá, donde nació Calum, nos mostraron la lactancia materna con un vídeo de una madre sueca de aspecto especialmente atlético, que daba pecho a su niño pequeño mientras esquiaba. La clase se estremeció: “Claro que es genial para los bebés, pero cuando ya empiezan a hablar y a andar…?” Todas parecían de acuerdo. Yo me callé.

Me tocó a mí sorprenderme cuando una de mis amigas mongoles me dijo que había tomado leche materna hasta los nueve años de edad. Me quedé tan boquiabierta y estupefacta que al principio me lo tomé a broma. Viendo ahora que mi hijo se destetó justo después de cumplir los cuatro años, me avergüenza un poco mi inflexible incredulidad. Aunque nueve años sea bastante edad para tomar el pecho, incluso para los mongoles, no está fuera del rango.

Aunque no siempre era fácil hablar sobre conceptos como “destete voluntario” con mongoles debido a la barrera idiomática, dar pecho “a largo plazo” parecía ser la norma. Nunca conocí a nadie que diera pecho a dos niños, lo cual me sorprendió, aunque debido a que los intervalos entre hijos son bastante largos, la mayoría de los niños dejaban de mamar entre los dos y los cuatro años.

Según UNICEF, en 2005 el 82 por ciento de los niños de Mongolia seguían con lactancia materna entre los 12 y los 15 meses y el 65 por ciento seguían entre los 20 y los 23 meses. El último hijo parece que simplemente continúa, de ahí la niña de nueve años que tomaba pecho, y si la sabiduría popular no se equivoca, de ahí la fama de Mongolia en el boxeo.

Cuando a los tres años Calum seguía tomando pecho con el entusiasmo de un recién nacido y yo me preguntaba cómo surgiría el destete, sentí curiosidad sobre qué animaba a los niños mongoles a destetarse solos. Algunas madres me dijeron que su hijo simplemente perdió el interés. Otras dijeron que la presión de grupo tuvo que ver, (he oído a adolescentes mongoles burlarse de otros diciendo “¡Quieres los pechos de tu mami!” del mismo modo que se dice “¡Corre con tu mamá!”). Cada vez más a menudo, las obligaciones del trabajo obligan a destetar antes de lo habitual: los niños a menudo pasan el verano en el campo mientras que la madre se queda en la ciudad trabajando, y durante esta larga separación a la madre se le retira la leche.

Mi amiga Buana, de veinte años, me contó su lactancia, digna de medalla de oro: “Me crié en un yurt lejos, en el campo. Mi madre siempre me decía que me la bebiera toda, que era buena para mí. Yo creía que todas los niños de nueve años lo hacían. Cuando fui al colegio, lo dejé.” Me miró con un brillo travieso en los ojos “ Pero aún me gusta beberla a veces”.

Destetarse me parecía un suceso bastante definido. Siempre esperé que, en algún momento, las tomas se reducirían y seguirían reduciéndose hasta que cesaran por completo. Se me retiraría la leche y ya está. Bar cerrado.

En Mongolia no sucede así. Hablando de lactancia con mi amiga Naraa, le pregunté cuándo su hija, entonces de seis años, se había destetado. “A los cuatro años” me contestó, “a mí me entristeció pero ella no quería tomar teta más”. Entonces Naraa me dijo que la semana anterior, cuando su hija había vuelto de una larga estancia en el campo con sus abuelos, quiso tomar teta. Naraa la complació “Me imagino que me había echado mucho de menos” explicó, “y fue bonito. Por supuesto, yo no tenía leche, pero no le importó”.

Pero si “destetar” significa no volver a beber leche materna, entonces los mongoles nunca se destetan del todo, y esto es lo que más me sorprendió de la lactancia en Mongolia. Si los pechos de una mujer están ingurgitados y su bebé no está cerca, irá sencillamente preguntando a sus familiares, de cualquier edad o sexo, si quieren beber. A menudo las mujeres se extraen una taza de leche para sus marido para darles un capricho, o dejan una poca en el frigorífico para que cualquiera pueda servirse.

Aunque todas hemos probado nuestra propia leche, le hemos dado a nuestras parejas para que la prueben, quizá hemos echado una poca al café en una emergencia ¿no?, no creo que que muchos de nosotras la hayamos bebido a menudo. Sin embargo a todo mongol al que he preguntado me ha dicho que le gusta le leche materna. El valor de la leche materna está tan reconocido, tan firmemente arraigado en su cultura, que no se considera como algo sólo para bebés. La leche materna se usa comúnmente de forma medicinal, se les da a los mayores como una cura para todo, se usa para tratar infecciones oculares así como (dicen) hacer más blanco el blanco de los ojos y más intenso el marrón del iris.

Pero sobre todo, creo que los mongoles beben leche materna porque les gusta el sabor. Una amiga mía occidental que se extraía leche en el trabajo y dejaba la botella en el frigorífico de la oficina se encontró un día la botella medio vacía. Ella se rió: “¡Sólo sospecharía de que mis compañeros se beban mi leche en Mongolia!”

Vivir en otra cultura siempre te obliga a re-evaluar la tuya. No sé cómo hubiera sido dar pecho a mi hijo en sus primeros años en Canadá. La avalancha de observaciones positivas que recibí en Mongolia, así como la aceptación sincera de dar el pecho en público simplemente me asombró, y me dio la libertad de criar a mi hijo de una manera que me parecía natural. Además de las pequeñas diferencias en nuestras costumbres de lactancia, los detalles de cuánto y cuándo, concluí que había una diferencia más grande en nuestros métodos de crianza.

En Norteamérica valoramos tanto la independencia que aparece en todo lo que hacemos. Sólo se habla de qué come tu bebé ahora, y a cuántas tomas has reducido. Incluso aunque no seas la que hace estas preguntas, es difícil escapar de su impacto. Además se venden tantas cosas para que tu hijo se entretenga solo y te necesite menos que el mensaje es claro. Sin embargo en Mongolia, la lactancia no se identifica con dependencia, y el destete no es una meta. Saben que sus hijos crecerán; de hecho, un niño mongol normal de cinco años es mucho más independiente que uno occidental. No hay prisa por destetar.

Probablemente lo más valioso de criar a mi hijo en Mongolia fue que me di cuenta de que hay un millón de maneras de hacer las cosas, y que yo podía elegir cualquiera de ellas. Durante la lactancia de mi hijo tuve varias dificultades, y tomé y deseché ideas y prácticas en mi intento de forjar mi propio estilo. Me alegro de haber amamantado a Calum tanto tiempo: fueron cuatro años al final. Creo que la lactancia fue lo mejor para mi hijo, y que tendrá una influencia duradera en su personalidad y en nuestra relación.

Y cuando gane la medalla de oro de boxeo en la Olimpiadas, espero que me lo agradezca.

Nota: 1. UNICEF Childinfo, “Monitoring the Situation of Children and Women: Infant and Young Child Feeding (2000-2007)” (January 2009).

Ruth Kamnitzer vivió durante tres años en una tienda tradicional de tela en la campiña mongola mientras su marido, Steve, llevaba a cabo unos estudios sobre el gato de Pallas de Asia Central. Es licenciada en Conservación de la Biodiversidad y hoy en día vive en Bristol, Reino Unido, con Steve y Calum.

Mi Maestro

17 agosto 2010

¿No os había contado?, tengo un Maestro.

El me ha enseñado que no hay más momento que ahora, ni cosa más importante que lo que nos ocupa en este momento, porque quién se acuerda de lo que pasó hace un instante, y quién sabe lo que pasará en un rato. Mi Maestro es pura emoción, nada mental entorpece su visión, así que llora cuando el cuerpo se lo pide, sin pedir disculpas, sin mesura, porque el dolor, la necesidad, la querencia es intensa y lo apura hasta el fondo. Ahhh pero mi Maestro sonríe casi siempre, y me rindo ante él cuando lo hace, porque sus sonrisas me dan la vida, me tonifican, me hacen subir a la nube más esponjosa y quiero más, siempre más, y cuando ríe, el mundo entero está en su carcajada, en su boca abierta, en sus ojos brillantes, y me sumo a cada carcajada haciendome grande, inmensa, porque soy capaz de provocarlas, y él me las regala cada día, a cada rato, sin medirlas, sin pedir nada a cambio.

Hasta ahora no sabia del valor profundo del ahora, ni de lo valioso que es vivir poquito a poco, sin prisas, sin relojes, dejándome llevar de sus ritmos sabios, sin exigir imponer los míos absurdos. Y es ahora cuando me siento más persona que nunca, si es que esa palabra sigue teniendo algun valor.

Mi Maestro no castiga…no castiga nunca, reclama lo que necesita con sonrisas  y si no escuchas grita, llora, por eso procuro estar atenta para proporcionarle aquello que reclama, antes de que se desborde, y entonces y aún cuando me he retrasado, me regala sonrisas, porque aquello ya pasó, ya no quiere recordar, ahora es ahora, y ahora tiene mi pecho saciando su hambre o mi brazo alzando su cuerpo.

Me ha enseñado que el ser humano es juguetón por naturaleza, salvaje, suave, mimoso, libre, que cuando das una caricia, al darla también te acaricias a ti mismo, y así mientras le alimento de esta leche que me nace sólo para él, que nunca tiene fin, ambos nos acariciamos y nos damos las gracias, hasta que el sueño le vence y duerme como hace ahora, y es ahora cuando al mirarlo todavía me parece más sabio.

Tengo un Maestro grande y sabio aposentado en un cuerpo chiquito, al que veo crecer día a día, me enamoré de él hace nueve meses, y aún antes ya lo quería y aún antes de antes, lo presentía y lo amaba. Ahh direis, pero si lo ama, entonces no es Maestro, está cegada, pero no, lo siento, no teneis razón, el amor no ciega, abre los ojos, y nunca antes había estado tan despierta.


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