Mi segunda madre

Hoy quiero y necesito rendir homenaje a una gran mujer, es mi tia, pero para mi siempre ha sido algo más, siempre que hablo de ella digo que es mi segunda madre. Y lo de segunda es sólo porque no me parió.

Esta mujer se quedó viuda hace 55 años con tres niños, el más pequeño de meses, y el mayor apenas tenía 5 años, a todos les dió el pecho y tuvo aún presencia de ánimo para amamantar a un cuarto niño, un sobrino que perdió a su mamá apenás nació. Las mujeres entonces era raro que trabajaran, pero trabajó, vaya si trabajó, porque siempre fue una familia humilde, pero en vez de salir a trabajar fuera, se llevó el trabajo a casa, para poder así cuidar a sus hijos, acompañarles durante el día y cuando empezaron el colegio ser quien les ayudara con deberes y merienda, y lo más importante ser los brazos a los que acudir en busca de cariño, consuelo, amor. Resistió y defendió como una loba la familia que eran, aguantando las presiones que recibía, pobladas de “buenas” intenciones para que cediera en adopción a alguno de sus hijos, porque eran “demasiada” carga para una mujer sola. Siempre dijo que eran cuatro y que si estaba sola y con cuatro niños era porque Dios sabía que ella podía con eso, y vaya si pudo. Pudo con sus tres hijos y con mucho más.

Me crió a mi, todos mis veranos tienen su aroma, mezclado con el olor a salitre, libertad y libros. En su casa pasé de los tebeos a los libros, su hijo pequeño, mi primo, con el que me llevaré eternamente 13 años, me hizo el cambiazo, ofreciendome un libro y desde entonces la lectura ha sido mi mejor refugio y mi más asiduo entretenimiento. Junto a aquella familia descubrí la lectura, el gusto por la naturaleza, la libertad de largos días de verano en un camping. Nunca podré agradecerle toda aquella generosidad, que intuyo placentera también para ella.

Crió a sus nietos, un chico y una chica, ahora ya treintañeros, y finalmente una pequeña adolescente, que estoy segura la adora tanto como nosotros. Y estos días me decía que le sabía mal estar tan mayor, que le hubiera gustado cuidar a mi hijo.

Esta gran, inmensa mujer, hoy está de duelo, ayer murió uno de sus hijos, el pequeño, y hoy hemos ido todos a acompañarla en el dolor. Vestida de negro, con sus eternos pantalones, comedida como siempre, aguantaba las lágrimas aunque alguna se le escapaba. Hoy desde mi nueva condición de madre, la miraba a los ojos, mientras le cogía las manos y entendía que no puede haber dolor más grande que el de una madre que pierde a su hijo, sentía nuestras energías entrelazadas, no por el tiempo pasado juntas, no por el cariño que nos tenemos, sino porque las dos somos madres y por primera vez la entendía. Y a través de esa energía intentaba acariciar a esa madre herida, impotente ante esa amargura, decía bajito, a quien le decía que el dolor pasará, “hoy no puedo”.

Mi madre querida, no conocía a Carlos Gonzalez, ni a Rosa Jové, ni había leído libros, pero no hizo falta, crió a sus hijos con mucho amor, puede que no tuvieran el juguete de moda, ni la ropa de marca, ni la tele que los demás tenían y que ellos veían desde la ventana en la ventana del vecino, pero jamás les faltó su madre.

Hoy en medio del dolor, flotaba otro sentimiento amor, puro amor, de sus hijos, de sus nietos, de sus sobrinos, de todos los que hemos tenido el honor, el placer, la dicha de sentirnos acariciados por su presencia a lo largo de nuestra vida.

Cielo, mamá, no puedo quitarte el dolor, la amargura que tu decías, solo puedo hoy, escribir estas pocas lineas y decirte desde el fondo del alma: GRACIAS.

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