Pudo ser de otro modo….

Ayer me preguntaron cómo me sentía respecto a mi parto, ahora que de alguna  manera he vuelto a revivirlo… me quedé un poco en blanco, hacía tiempo que no pensaba, eso significa que la rabia se había ido, que la impotencia, el dolor y la frustración ya no estaban. No, todo esto no ha pasado así sin más, ha sido el trabajo de un largo tiempo, diecisiete meses en los que reviví aquellos momentos muchas veces, en los que me culpé y culpé a otros y al fin me reconcilié conmigo.

Quiero hablar de esto, porque creo que mucho pudo haberse evitado, lo mío pasó, pero tras de mi, tras de todas vienen otras que aún viven en la inocencia de que la gente del hospital tiene todas las llaves, toda la sabiduria. Quiero hablarlo porque en el curso de la conversación con esta mujer intensa que sentí muy cercana, comentamos el dilema de decir o no decir: podría haber sido de otra manera. Sigo pensando que sí hay que decir, aunque quizás no después, sino antes, hay que decir porque de vez en cuando alguna de nosotras despierta de esa ensoñación en la que ceder el poder es garantía de seguridad.

Empecemos por el principio….

Antes de quedarme embarazada vi un programa en el que se hablaba de episotomías, la verdad me pareció que las mujeres que se oponían eran un poco radicales, mi ingenuo razonamiento era que si lo hacían los médicos por algo sería, que estúpida forma de pensar, ese mismo razonamiento es el que se aplica a muchas mujeres maltratadas y violadas, algo habría hecho ella.
Mi embarazo fue un verdadero regalo, me sentí bien, mejor que sin estar embarazada, borracha de felicidad, leí infinidad de libros sobre crianza, lactancia… ninguno sobre partos, sencillamente me daba pánico parir. Así que cuando llegó el momento hice lo que estaba “preparada” para hacer: nada. Dejé que los demás decidieran, seguí los cauces habituales, me fuí a un hospital y me convertí en “nada”, un objeto inanimado, que no pregunta y al que no explican, y finalmente nació mi precioso hijo trás una cesárea porque el parto no “progresaba”.
Me dolió entonces la separación, dos horas separado de mamá después de ser arrancado de la cálidez de sus entrañas es mucho tiempo, lo imaginaba llorando solo, y yo hacía lo mismo sola, rogando que se dieran cuenta que estaba despierta y me subieran a la habitación. En ese momento sólo me dolía estar separada de él, él era la prioridad, lo importante, todo lo demás no contaba. Lo demás vino después.
Después sentí que le había fallado, que no le había dado la entrada al mundo que merecía, y que me había fallado a mi misma. Dónde quedaron mis agallas, dónde estaba la leona, allí solo había una gatita miedosa dispuesta a ser buena chica. Y ahora sé, la leona se fue corriendo al ver la inmensa mole de miedo que se levantaba dentro de mi. Miedo, miedo a todo, al dolor, a perder a mi hijo, a morir, sí, miedo a todo, lo verosímil y lo que no, a todo.
Y porqué, porqué tanto miedo. Millones de mujeres han parido antes que yo, no ha de ser tan difícil, no es tan complicado. Y es cierto, no lo es… no lo es, si te dejan y si tu te dejas. Una va incorporando a su vida, a su mundo, aquello de lo que se rodea, consciente o inconscientemente, y decidme ¿cuantas películas habeis visto, en las que aparece un parto orgásmico? o bueno, ¿un parto agradable? y ¿cuantas habeis visto en las que el parto es una cosa horrible, agitada, llena de gritos y miradas de desesperación? , estoy convencida que la última opción gana por goleada. Pero de veras que un parto no tiene que ser así.
Las mujeres somos seres maravillosos con la capacidad de traer vida al mundo, llevamos haciéndolo desde que el mundo es mundo, porque sin nosotras no habría mundo (humano), en algún punto del camino dejamos de creer en nosotras, en nuestra capacidad y empezamos a ser cada vez más dependientes, del médico, de la tecnología y nos fuímos olvidando que quien de verdad tiene el poder somos nosotras. No reniego de los hospitales, ni de las cesáreas, bienvenidos si de verdad hacen falta, pero lo raro es que hagan falta. Ahora parece que lo raro es que podamos parir y no es cierto.
Una mujer para poder parir necesita cosas muy básicas, cosas que a cualquier otro mamífero no se le niegan, necesitamos un espacio tranquilo, poca luz, silencio, y sentirnos seguras y lo demás viene solo… y tiempo, necesitamos tiempo, porque el cuerpo no sabe de cambios de guardia, ni de hospitales llenos.
Quisiera poder salvaguardar a las mujeres que quiero y me rodean de esos protocolos que son para todas los mismos, de ese parloteo incesante de los profesionales que todavía no dan importancia al silencio, de las luces brillantes para poder ver bien, de los cambios de posturas que no nacen de una mujer de parto sino de un profesional que no atiende a los ritmos del nacimiento, pero no puedo, porque para devolver el poder a cada mujer lo primero que debemos hacer todos es atenernos a sus decisiones.
Yo tomé las mías y hoy sabiendo lo que sé hubieran sido otras muy diferentes, pero entonces, en aquel momento no podía ni imaginar otro modo de hacerlo, pero hay otro modo, un modo mejor, creo que es importante que las que hemos despertado ayudemos a las que están a tiempo para ver que hay otros modos y desde ahí que cada mujer decida pero que lo haga desde el conocimiento.

Diecisiete meses he necesitado para curar las heridas emocionales que se abrieron en aquel parto que me trajo al ser más maravilloso del mundo, diecisiete meses para recuperarme de un momento que debería ser el más especial en la vida de toda mujer. Pero curó al fin y hoy que sé lo que sé, espero formar parte de todas las mujeres que trabajan y se mueven en el mundo para ayudar a poner luz, donde solo cabe la luz y ahora reinan tantas sombras.

Raquel Tasa
5 de Abril de 2011

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