Las fichas ( por Miquel Sanz )

 

Siempre me ha cautivado surcar la bóveda celeste y acompañar en sus vuelos estelares a mi inquieta imaginación, pues cuando inicia su viaje, lo hace sin pagar peaje ni hospedaje. Suerte tengo de ella que elude la servidumbre de las leyes físicas y tan sólo danza sus ritmos a través del tejido de los sueños. Le gusta elevarse labrando arabescos por los mundos que yo anhelo y me lleva con ella en sus expediciones singulares. Aquí brincamos por las columnas de la Calzada de los Gigantes irlandeses, acá trotamos por cada recodo de la ciudad de los Nabateos; más allá danzamos sobre las aguas salinas del Mar Muerto con la pericia del funambulista.
En estas fantasiosas ensoñaciones suelo afincarme cuando el tedio asedia los cuatro tabiques de parvulario. Y eso ocurre, las más de la veces, cuando nos sometemos a la tiranía de las fichas. Y así lo estimo no porque no sean convenientes tales actividades sino porque en exceso resultan fastidiosas.  Entre otras, hemos hecho el abecedario en inglés, puzles de opuestos, rellenar con colores dibujos ya trazados y el resto, fichas en las que debes seguir con tu lápiz  los puntos impresos. Pero cuando, sentado en mi pupitre, afronto la séptima ficha, me entran como unos calambres en las piernas que se apoderan de mi voluntad y empiezan mis pies a repiquetear contra el suelo con la agitación misma de mi padre en el momento de encarar una nueva entrevista de trabajo. Se me figura que debe ser el afán que la carrocería y las ruedas de mi cuerpo tienen por removerse. Los músculos y los huesos que me sostienen me piden que los lleve a desbravarse hasta apurar las últimas fuerzas; que no refrene jamás esa sinfonía de gestos y maneras que nos gobiernan a los niños; que gatee, que corra, que cante, que salte, que ruede, que brinque y que trepe sin contención. Y cuando me lanzo con aplomo a engrasar las tuercas de mi chasis, me topo con Julia, mi profesora de P-3.
–Siéntate Unai. Debes aprender a moderar tus nervios. Tus compañeros también desean salir a jugar pero primero hemos de acabar las fichas restantes- me dice severamente-. El trabajo bien hecho hará gentes de provecho- añade siempre, como si se tratase de la divisa central en la que ha cimentado su vida.
Entonces me siento y me quedo desalentado. ¿Cómo le explico a mi profesora, con la escasa verbosidad común a mis años y mi poco magisterio con las palabras habladas, que lo que yo necesito es salir a juguetear y dar escape a todas mis energías confinadas?
–El último de los paraísos sacrificados aquí en la Tierra ha sido la niñez- me decía mi perro Corle con esa concavidad que se le dibuja en la comisura oeste de sus labios cuando adopta un tono de gravedad. – Vosotros, locos bajitos, sois los últimos quijotes que le queda al mundo para combatir los molinos del hastío. Os rebosa el entusiasmo cuando acometéis cualquier obra: si toca excursión con la clase, la noche previa la pasáis en duermevela; si vais en bicicleta, os imagináis pilotando un avión turborreactor; si buceáis en el río, os creéis un recolector de perlas de las Islas Marquesas. Todo es aventura y desafío. Sin embargo, parece que a ciertos adultos no les gustó jamás que unos renacuajos de corazón alegre les hicieran reparar que la suya era una marchita existencia, ausente de toda pasión. Y como no todos los corazones son valientes para aceptar certeza tan cruel, sentenciaron a los pequeños a permanecer horas y horas de sus años mozos encadenados a una silla y a un pupitre y embotarlos con erudiciones vacías, con el fin de condenar el alborozo y la diversión al destierro. Y cuando finalmente al niño no le queda ni un pellizco de entusiasmo para emocionarse por las cosas, se dice que, por fin, para provecho de la sociedad, se ha convertido en un adulto hecho y derecho.
Pese a la conformidad en las tesis de mi perro, no queda otra que claudicar y dejar que las fichas terminen de aturdirme, como el humo a las abejas. Y cuando retomo las actividades prescritas por la profesora Julia, la disposición para amontonar conocimientos no es la mejor. Aun así, me concentro y observo detenidamente la ficha que tengo frente a mi; debo seguir con mi lápiz los puntos ya marcados y delinear un autocar que transporta a notables viajeros: un gato ataviado con esmoquin, una ardilla rapera luciendo pantalones XXL y  una tortuga con estrambóticas gafas  a lo  Elton John en los dorados 70. El bus está detenido en una parada donde aguardan para subir una eriza con la pierna escayolada y un zorro de género confuso con tacones de aguja. El dibujo me parece exquisito, pero tras cinco fichas trazadas me siento como un robot en una fábrica de producción en serie, y antes de aborregarme enteramente, libero a mi imaginación de su maquinal tarea y me fugo de las galeras de las fichas. Me dispongo a dibujar con hechicera inspiración lo que mis musas me canturrean: ahora pinto olas de los mares bravíos, ahora un rebaño de nubes en armónica coreografía…
– ¡Unai, otra vez te has salido de los puntos marcados!-

6 thoughts on “Las fichas ( por Miquel Sanz )

  1. Jooooooo….. Qué rollos las fichas…. y si las mandan como deberes, para casa, ya me tienen podridita. Me has dado donde más me duele.

    Y ¡Qué bonito escrito!!! La verdad es que me ha encantado.

  2. Qué bonito, Raquel, gracias! También me has dado donde más me duele.

    La maestra de mi hija me tranquilizó contándome que ella tampoco era partidaria de tanta ficha y que sólo hacían dos fichas diarias, aunque el tocho que me dio a final de curso creo que la desmiente.

    Ahora el año que viene tendrá una nueva maestra… ¿qué lotería nos tocará?

    1. Es increible que pasen estas cosas, hablar de la “loteria” de las maestras, la “loteria” del parto, en qué mundo estamos en el que parece que tenemos libertad para todo, pero en realidad todo es loteria ….

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